Comer

Antes de comenzar, me parece importantísimo que entremos en confianza. Quiero que cuando me leas sientas que estás con tu mejor amiga, con tu mamá, con la compañera de trabajo que bate el café como a vos te gusta, con la panadera que te da una medialuna recién salidita del horno y te alegra la mañana; sino, perdoname, pero lo nuestro no va a poder ser:
Me llamo Melisa, tengo veinticinco años, trabajo en una librería (sí, de las de libros, no vendo papeles ni biromes), estoy cursando las últimas materias para recibirme de redactora y COMO.
—Bueno —dirás, —todos comemos, es una cuestión del día a día, un hábito, qué se yo.

—Ajá, lo que digas, una cosa es comer y otra hiper recontra distinta es COMER.

Hace un tiempo, una mujer me dijo que consume alimentos por mera necesidad, como una costumbre, sin emociones de por medio (¡!)  y al escucharla mi alma se rompió en quichicientos millones de pedacitos (todavía intento recomponerla, quizás este blog ayude).

Pero decime, ¿cómo es posible comer sin emoción? La comida motiva todos nuestros sentidos: Tocamos un tomate hasta arrancarle la pulpa con los dedos, sentimos el sonidito de la salsa en su punto justo, percibimos ese aromita ansioso que nos abre el apetito, disfrutamos de la presentación del plato… de sus colores y, finalmente, saboreamos el resultado, el enchastre tras el placer concretado.

Desde chica, siento a la comida como una herramienta de unión; un almuerzo con amigos, una cena en pareja, un asado en familia. Todo vínculo social se potencia (y se sustenta) gracias a la comida. ¿Cómo no amarla si todo lo que queremos transcurre a su alrededor?

Ahora bien, ya entendiste que le haría mimitos en el pelo a la comida si pudiese, calculo que te preguntarás qué quiero hacer con eso…

Me gusta cocinar, mucho, pero nunca voy a ser una sobresaliente cocinera (ni tampoco me interesa serlo), también disfruto salir a comer, probar nuevos lugares y sabores, pero ni en el más alejado de mis cabales intentaría poner un local gastronómico (me parece lo más estresante de la galaxia y es mejor dejárselo a quienes sí son capaces de manejarlo). Lo que sí sé con firmeza es que puedo escribir y que nada me llenaría más que utilizar a la palabra para difundir y, quizás incluso, persuadir un poquito para que vos también ames y disfrutes a la comida tanto como yo.

A partir de ahora, todo lo que vas a encontrar acá va a pretender tentarte, porque la gula es un placer y la comida es su unidad de medida:

¿Qué cocino para este feriado? ¿Dónde puedo comprar los mejores portobello del barrio? ¿Y los platos más lindos? ¿A dónde puedo llevar a cenar a al padrino del tío del abuelo del vecino de mi novio? ¿A qué vino me le tengo que animar hoy? ¿Qué librito me va a enseñar a hacer ese postre que vi en la tele el otro día? ¿Qué puedo ver en la tele ahora si quiero dar una fiesta en el jardín? ¿A qué evento me conviene ir para aprender sobre berenjenas al escabeche? ¿Algún curso me va a ayudar a dejar de romper todo el mazapán?

Quiero responder a cada una de tus preguntas y ayudarte; contarte mi experiencia en el día a día con la comida. Hablarte sobre tal receta que leí, sobre aquel consejo que me dio mi abuela para una crema; acerca del plato que se me quemo y sobre cómo logré revivirlo (y mejorarlo) y, de yapa, aconsejarte sobre los mejores lugares para comer, comprar ingredientes y conseguir aquellos juguetitos que como todo buen goloso vas a necesitar.

Si, al menos, consigo salvarte de algún delivery malogrado, o inspirarte a jugar con lo que tengas en la heladera (todo sirve, grabate eso en la cabeza), mi misión va a estar completa.

¿Empezamos?